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El trabajo más freak del mundo: Recogebasura del Festival de Glastonbury

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Te contamos la historia de una de barcelona que se llama Julia, que trabajó durante tres semanas seguidas limpiando a fondo la basura y los deshechos del festival de Glastonbury: tiendas de campaña, disfraces y drogas incluidas.




Cuando Julia se enteró de que no trabajaría en Glastonbury, sino que lo haría después del festival y con la colosal misión de retirar la basura del gigantesco recinto, ya era demasiado tarde. Estaba plantada en medio de la ajetreada estación Victoria, en Londres, con su equipaje (apenas una mochila de montaña y una bolsa de mano), y había dejado el albergue de la capital en el que se alojaba convencida de que acababa de encontrar el curro del verano, casi de su vida. Poco le importaba si era de camarera, o como asistente, o lo que fuese, el hecho de ir a trabajar en uno de los mayores festivales del mundo, con 135.000 asistentes y artistas que jamás pensó que vería, era un premio demasiado grande para alguien que apenas llevaba 3 días en el país. Pero se había precipitado, su suerte parecía demasiado perfecta, se dijo cuando el chico le explicó por teléfono su verdadero trabajo en Glastonbury: participar en el pelotón de recogida de los cientos de toneladas de basura y deshechos desperdigados a lo largo y ancho de los casi 4 kilómetros cuadrados de terreno y esparcidos durante las 72 horas de desenfreno del festival de Glastonbury. O lo tomas o lo dejas, y por alguna razón, quizás porque cuando tienes 20 años es difícil aceptar una retirada antes de tiempo, compró un billete de autobús en dirección a Glastonbury Town y se pegó el palizón de seis horas hasta situarse ante el esperpéntico grupo de más de quinientas personas que iba a hacer lo mismo que ella pero más conscientes de las oportunidades que ofrecía este singular y poco conocido trabajo.

Durante el pesado viaje en bus hizo su primera amiga, ella también iba a Glastonbury a por el trabajo y Julia la recuerda como una hippie con rastas llamada Scarlett, que se puso a llorar (o eso parecía) cuando llegaron y comenzaron a cruzar la tierra llena de charcos y barro y les dijeron que no había alojamiento, es decir, que cada uno tenía que traer su tienda de campaña y montárselo como bien pudiese. No hay mal que por bien no venga: todo lo que encuentres durante los días de limpieza puedes quedártelo: tiendas de campaña, ropa, bebidas… y drogas. Julia encontró fácilmente una tienda de campaña y comenzó a alucinar con la cantidad de cosas que la gente dejaba tiradas. A la mañana siguiente comenzó a ver mejor las pintas de los basureros como ella: había ingleses, sí, pero también gente venida de todo Europa, e incluso más allá. Mayoritariamente eran gente al más puro rollo vive y deja vivir, esa clase de personajes que se las apañan para vivir lo más al margen del sistema posible: con sus autocaravanas, algunos con aspecto bastante chungo (o dañado), y también yonkies que sencillamente iban a pillar todo lo que podían. Los organizadores intentaban expulsar a los que iban a por droga y luego la vendían, pero eran pocos, el resto de los interesados se lo guardaban o se lo metían ellos mismos. Una de las preguntas que Julia recuerda es: “¿y esto que hemos encontrado, qué será?” Sin manías, los fans de los estupefacientes se los iban metiendo sin tener ni idea de qué era. A veces se veía de sobra, como cuando un grupo cerca de Julia encontró unos 10 gramos de speed y lo celebraron como si actuase el cabeza de cartel de Glastonbury.

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“—Tía, ya me duelen las piernas y tengo agujetas, vamos a meternos una raya de keta — fue la primera frase en español que escuchó Julia el primer día de trabajo.”

Te pagaban por cada día trabajado, y tan fascinante (en todos los sentidos) fue la experiencia, que Julia se quedó las tres semanas. De los 700 trabajadores iniciales, los últimos días quedaban unos 50. Los flashes que acuden a la mente de Julia cuando rememora con cariño y un toque de nostalgia aquellos días lejanos y surrealistas van desde una punk vestida de novia (la gente se ponía los disfraces que encontraba) hasta hogueras nocturnas, batucadas improvisadas en depósitos oxidados, grupos de yoga, una fiebre por encontrar y probar el gas de la risa (se ve que se encontraban botellines a patadas), un tipo (del que se hizo muy buena amiga) que un par de veces al año transportaba hachís dentro de su cuerpo desde Marruecos, pequeñas orgías, madrugones del estilo seis-siete de la mañana, cenas a las seis de la tarde y hasta un español que trabajaba en la organización y que defraudaba al Estado Español porque cobraba una pensión de minusvalía que, como era evidente, no le impedía del todo trabajar con buen humor y sin pegar palo.

A los quince días, reapareció en escena un punk muy cascado que Julia recordaba del los primeros días. Sus amigos llevaban tiempo preguntándose dónde andaría. Resulta que había ido a la mítica fiesta de la zona de Stone Circle de Glastonbury (que se mantenía nonstop desde que terminaba el festival)… ¡y se había liado quince días del tirón en la rave!

Visto lo visto, parece que todo es posible cuando termina Glastonbury y tu trabajo es dejar la tierra tan limpia como si fuese virgen. Como si esas 135.000 personas dándolo todo durante 72 horas no hubiesen sido más que una puerta abierta hacia otra dimensión escondida entre monolitos ancestrales, o altavoces.

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